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Vengo escribiendo estos poemas desde hace años, sobre todo desde el descenso (y es que como dice Castillo: la felicidad se vive y la tristeza se escribe); los vengo publicando en mi muro de Facebook y por la tanto, perdiendo. Hasta que un día apareció la herramienta “recuerdos” y empecé a releerlos y a corregirlos y aquí están ahora reunidos.
Los que me conocen saben que no quiero fama ni halagos; mi único y hermoso objetivo es que cualquiera que, como yo, es futbolero y apasionado, se emocione y disfrute al leerme.
Y este deseo surge de mi propia experiencia como lectora de poesía y también de los inesperados emails que recibí luego de que Descenso a los infiernos saliera en Clarín, unas horas después de aquel fatídico día.
Entonces, yo me dije: si yo puedo, con mis versos, llegar a un patio de Sarandí o a un bar de Bernal y que alguien se sienta menos solo, me sentiré útil por primera vez en mi vida.
Punto. Nada más y ¡nada menos!
Y que Independiente vuelva a ser lo que merece, lo que anhelamos.

Petunia Martinez

 

 

Los versos muestran la espera, el suspenso, el fracaso. Narran a los que señalan todo desde el palco privado y se olvidaron del potrero; a los jugadores que llegaron y a los que no, que ahora miran el partido mordiéndose el lunes. Detrás de todo el paisaje, el atardecer siempre es rojo, y el diablo encierra al barrio para aislarlo en su propio carnaval. Petunia saca a bailar a los vecinos, a las pibas, al Diego, al Bocha, a su papá (el enorme Eloy) y a su propia infancia, para mezclarlos y perderlos en el suburbio sureño.
Su escritura se expande y llena los rincones de secretos y de preguntas, como las paredes de su casa. En el fondo, las respuestas son siempre las mismas. Cuando termina la fiesta, la vida vuelve en sí, como si nada –o todo- hubiera pasado.